La Voz del Observatorio
También en lo digital, lo esencial
La inteligencia artificial abre debates legítimos sobre la memoria y la muerte. Pero no todo debate que roce el ámbito funerario debe convertirse en el centro de nuestra conversación. El nuestro sigue estando en lo esencial: cuidar, honrar y rendir homenaje a aquellos que nos dejan, y acompañar a sus familias y allegados.
Mª Dolores Asensi
Presidenta del Observatorio de los Servicios Funerarios
En los últimos meses se ha ido instalando, con creciente fascinación, un nuevo debate: el de la inteligencia artificial aplicada a la muerte, a la memoria y, en cierto modo, al duelo.
En paralelo, la realidad del sector muestra una evolución constante en las demandas de las familias, con una creciente personalización de los servicios y la integración progresiva de herramientas digitales en la gestión y la relación con los usuarios.
Y conviene detenerse un momento.
No para negar la importancia del asunto de la inteligencia artificial. Ni para mirar hacia otro lado. Sino para hacer una distinción que, a mi juicio, es fundamental: no todo lo novedoso debe ocupar el centro de nuestra reflexión. Y no todo lo técnicamente posible debe convertirse en prioridad para un sector como el nuestro.
Lo digo además sin prejuicio alguno frente a la tecnología. No soy, desde luego, sospechosa de rechazarla. Utilizo la inteligencia artificial y creo que puede ser una herramienta extraordinaria en muchos ámbitos. También para las empresas funerarias, por ejemplo, para aplicaciones prácticas que mejoren la gestión, la eficiencia, la organización de procesos o determinados aspectos operativos del servicio.
Pero precisamente por eso conviene distinguir.
Porque una cosa es optimizar.
Y otra muy distinta es desplazar lo humano. Por eso resulta necesario diferenciar entre recordar y recrear, entre preservar la memoria y sustituir la experiencia real por simulaciones.
La relación entre tecnología y muerte no es nueva. Cada época ha utilizado las herramientas de su tiempo para conservar la memoria de quienes se han ido y para ordenar, de algún modo, su ausencia. La fotografía permitió fijar un rostro. Las grabaciones devolvieron una voz. El vídeo hizo posible retener gestos y escenas. Más tarde llegaron Internet, las esquelas digitales, los espacios virtuales de recuerdo o las retransmisiones en directo de ceremonias para quienes no podían estar físicamente presentes.
Nada de esto nos resulta ya extraño. Y, en muchos casos, ha sido útil. Ha permitido acompañar mejor a familias dispersas geográficamente, facilitar la participación de allegados lejanos o abrir nuevas formas de compartir el homenaje.
Hasta ahí, el servicio funerario ha sabido incorporar herramientas sin perder su sentido.
Pero la inteligencia artificial introduce otro plano.
Hoy empiezan a plantearse cuestiones relacionadas con la recreación de voces, imágenes o perfiles digitales de personas fallecidas. Y junto a ello aparecen preguntas éticas, emocionales, antropológicas y psicológicas que, sin duda, seguirán creciendo en la conversación pública. No es casual, incluso, que parte de este debate nos resulte familiar desde la ficción contemporánea, que ya anticipó hace años el dilema de fondo: qué ocurre cuando la tecnología deja de limitarse a conservar recuerdos y empieza a simular la presencia de quien ya no está. Es el centro de la trama del capítulo “Be Right Back”, “Vuelvo enseguida”, de la temporada 2 de Black Mirror, que os recomiendo.
Es comprensible que todo ello despierte interés. También curiosidad. Incluso, en algunos casos, una cierta promesa de consuelo.
Pero creo que aquí es donde debemos ser muy claros: no estoy segura de que ese sea, en esencia, el lugar en el que debemos centrar nuestra aportación.
Seguramente habrá especialistas mucho más llamados que nosotros a profundizar en las implicaciones antropológicas, sociológicas, psicológicas o filosóficas de estas herramientas. Serán ellos quienes deban evaluar, con el detalle y la competencia técnica necesarios, hasta qué punto pueden influir en los procesos de duelo, en la construcción de la memoria o en la elaboración de la ausencia.
Y creo, honestamente, que debemos respetar ese espacio.
También creo que nos corresponde aportar una mirada propia, basada en la experiencia directa del acompañamiento a las familias y en el conocimiento real de lo que ocurre en esos momentos.
En este sentido, no estamos llamados a convertirnos en comentarista de cada promesa tecnológica ni en laboratorio de fascinaciones contemporáneas. Nuestro deber no está ahí. Sigue estando en lo esencial.
Y lo esencial, en nuestro ámbito, sigue siendo algo muy claro: acompañar a las familias, garantizar la honra y sostener el homenaje a los seres queridos y recordar que el servicio funerario no es una sucesión de soluciones técnicas, sino una forma de cuidado y acompañamiento.
Ese es nuestro centro. Y debe seguir siéndolo, aunque la tecnología avance, surjan nuevas herramientas o el debate público se llene de algoritmos, avatares y memorias digitales.
Porque una familia que atraviesa una pérdida no necesita, en primer lugar, que el sector le prometa novedades. Necesita presencia. Necesita respeto. Necesita profesionalidad. Necesita humanidad. Necesita que alguien esté a la altura de uno de los momentos más significativos de su vida.
Y ese es, precisamente, el lugar del servicio funerario.
Por eso conviene vigilar el relato. Porque lo fácil, probablemente, será dejarse arrastrar por lo llamativo: por las posibilidades, las promesas y hasta la espectacularidad de ciertas tecnologías. Pero no conviene que, como sector, confundamos lo accesorio con lo fundamental. Ni conviene que el brillo de determinados debates nos haga perder de vista aquello que justifica nuestra existencia social y esencial.
Nuestra responsabilidad no está en prometer una presencia artificial, sino en sostener bien la despedida real y cuidar con dignidad el momento del homenaje.
No está en competir por la novedad, sino en responder con criterio, humanidad y oficio allí donde una familia más lo necesita.
Habrá, sin duda, otros espacios para discutir sobre los límites de la inteligencia artificial, sobre la identidad digital tras la muerte o sobre la recreación de la presencia. Debe haberlos. Son debates relevantes y la sociedad hará bien en abordarlos con rigor.
Pero el lugar del sector funerario no está en colonizar ese terreno, sino en no perder el suyo, que sigue siendo profundamente valioso y está en saber acompañar sin invadir, en saber organizar sin deshumanizar, en saber incorporar herramientas útiles sin olvidar, nunca, que ninguna innovación sustituye el valor de una presencia profesional, serena y humana al lado de una familia.
En los últimos años se ha hablado mucho de innovación. Y es lógico. Toda sociedad cambia, y con ella cambian también sus formas de despedida, sus necesidades y sus expectativas. Pero hay una tentación contemporánea que conviene vigilar: la de creer que todo lo nuevo es necesariamente mejor, o que todo lo técnicamente posible merece ocupar el centro.
No siempre es así.
A veces, precisamente en los momentos más vulnerables de la vida, lo verdaderamente valioso no está en lo más sofisticado, sino en lo más elemental. En una palabra adecuada. En un gesto de respeto. En un espacio cuidado. En un tiempo protegido. En la certeza de que quedan servicios que responden con dignidad, con oficio y con humanidad.
Desde esa experiencia acumulada, el sector funerario está en condiciones de contribuir a ordenar este debate, aportando criterios basados en la práctica real del cuidado, el acompañamiento y el respeto a las personas.
Por eso creo que, también en lo digital, debemos defender lo esencial.
No para negar el futuro, rechazar la innovación o instalarnos en la nostalgia, sino para recordar algo mucho más serio: que no todo nos atañe del mismo modo, ni todo debe desplazar el núcleo de nuestra responsabilidad.
Y la nuestra sigue estando donde siempre ha debido estar: en la defensa del valor humano, social y esencial de los servicios funerarios.
Porque, al final, más allá de algoritmos, pantallas o promesas tecnológicas, hay una verdad que no cambia: las familias siguen necesitando ser acompañadas.
Y acompañar bien seguirá siendo, por encima de todo, una tarea profundamente humana, también en un entorno cada vez más digital.
