La Voz del Observatorio
Mismos recintos, nuevos espacios: Cómo los cementerios evolucionan para responder a nuevas necesidades sociales, culturales y emocionales de las familias
Los cementerios cambian porque cambian las ciudades, las familias y la manera en que recordamos a quienes nos precedieron. Los recintos permanecen, pero los espacios que contienen evolucionan con la sociedad.
Mª Dolores Asensi
Presidenta del Observatorio de los Servicios Funerarios
La palabra cementerio tiene, en sí misma, un origen revelador. Procede del término griego koimeterion, que significa literalmente lugar donde se duerme. La tradición cristiana adoptó esa palabra para designar los espacios donde reposan los fallecidos a la espera de la resurrección.
Por su parte, el término necrópolis, heredado también del griego, significa ciudad de los muertos. Dos palabras distintas, dos maneras de nombrar un mismo lugar y, en el fondo, dos concepciones que expresan algo esencial: los espacios funerarios siempre han sido también una forma de expresar cómo cada sociedad entiende el final de la vida, la memoria y el paso del tiempo.
Desde las grandes necrópolis de la Antigüedad hasta los cementerios urbanos contemporáneos, estos lugares han acompañado la evolución de las ciudades y de las comunidades humanas. No son solo espacios de enterramiento. Son también lugares de memoria, de patrimonio y de vínculo emocional.
Hoy, además, asistimos a una transformación silenciosa, pero profunda: los mismos recintos, pero con nuevos espacios, nuevas funciones y nuevas formas de relación con la ciudadanía.
Espacios funerarios que se transforman, nuevas sensibilidades sociales
En distintas ciudades españolas pueden verse ya proyectos que muestran con claridad esta evolución.
En algunos casos, se trata de ampliaciones o modernizaciones de complejos funerarios existentes. En Zaragoza, por ejemplo, el complejo funerario de Torrero prevé ampliar sus instalaciones con nuevos crematorios, salas de velatorio y espacios de despedida más adecuados para las necesidades actuales de las familias, incorporando además sistemas energéticos más eficientes y sostenibles.
Este tipo de proyectos confirma una tendencia clara: los cementerios ya no son únicamente lugares de enterramiento, sino infraestructuras cada vez más complejas, al servicio no solo de la gestión funeraria, sino también del acompañamiento a las familias.
Los cambios también responden a la creciente diversidad cultural y religiosa de nuestras sociedades.
En Cartagena, por ejemplo, se ha planteado la ampliación del cementerio de San Antón con un espacio multiconfesional que permita acoger enterramientos de diferentes tradiciones religiosas, especialmente de comunidades que hasta ahora tenían más dificultades para encontrar lugares adecuados para sus ritos funerarios.
Esta adaptación responde a una realidad ya incuestionable: las ciudades actuales son cultural y religiosamente más diversas que hace décadas, y los espacios funerarios deben saber responder a esa pluralidad.
Cementerios como patrimonio vivo
Los cementerios son también archivos silenciosos de la historia de una ciudad.
Un buen ejemplo lo encontramos en Córdoba, donde la convivencia entre quienes permanecen y quienes se han ido forma parte de una historia funeraria que se remonta a más de cinco mil años, como está poniendo de relieve una iniciativa de Tanatorios de Córdoba y la Universidad de Córdoba. En su territorio se superponen necrópolis romanas, cementerios medievales y espacios funerarios contemporáneos que reflejan las distintas culturas que han habitado la ciudad. Esa continuidad histórica permite ver hasta qué punto los espacios funerarios forman parte del paisaje cultural de nuestras ciudades.
Muchos cementerios históricos albergan también esculturas, arquitectura funeraria y testimonios de enorme valor artístico. En algunos casos, estos espacios se están abriendo a visitas culturales o recorridos patrimoniales que permiten redescubrir su riqueza histórica y simbólica.
Esta dimensión patrimonial enlaza, además, con una tradición europea bien conocida: la de los cementerios-parque, concebidos desde el siglo XIX como espacios ajardinados abiertos al paseo, la contemplación y la memoria, integrados en el paisaje urbano.
Así, los cementerios aparecen también en lugares de memoria colectiva, espacios donde la historia de una comunidad se hace visible a través de las personas que la habitaron.
Una despedida cada vez más personalizada
Todos estos cambios están profundamente relacionados con una transformación en la manera de entender las despedidas.
Según el estudio de opinión realizado por Sigma Dos para el Observatorio de los Servicios Funerarios, más del 80 % de la población considera que los velatorios actuales son demasiado formales e impersonales y que deberían poder personalizarse más, de acuerdo con la vida y los gustos de la persona fallecida.
Esta demanda social explica la aparición de nuevas salas de despedida, espacios más íntimos, zonas diferenciadas dentro de los tanatorios o servicios que permiten personalizar los homenajes. Las familias buscan despedidas que reflejen mejor la vida de quien se ha ido: música, imágenes, recuerdos o ceremonias más adaptadas a sus valores y creencias.
Cementerios más abiertos a la vida social
Incluso cuestiones que hace algunos años podían parecer anecdóticas reflejan esta evolución. El Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, ya permite el acceso de animales de compañía a los cementerios municipales, reconociendo el papel emocional que desempeñan en la vida de muchas familias.
Por su parte, algunos municipios están creando jardines de la memoria o espacios de recuerdo vinculados a nuevas formas de disposición de cenizas, ofreciendo alternativas más simbólicas y naturales al enterramiento tradicional. Un ejemplo reciente es el Jardín del Recuerdo del cementerio de San Gabriel, en Málaga, que ha sido reconocido por la Asociación Española de Parques y Jardines Públicos por su contribución simultánea a la memoria de las personas fallecidas y a la biodiversidad urbana. Este tipo de iniciativas reflejan también una tendencia creciente en muchas ciudades europeas: considerar los cementerios como reservorios de biodiversidad y espacios verdes urbanos.
Todos estos cambios muestran que los cementerios están adaptándose, poco a poco, a nuevas formas de relación con la memoria, el paisaje urbano y el duelo.
Lo que nos enseñan los cementerios
He tenido la inmensa suerte, durante estos años de presidencia del Observatorio, de recorrer cementerios en muy buena parte de la geografía española y de conocer, de la mano de sus gestores y de sus equipos, realidades muy diversas: grandes ciudades, municipios pequeños, gestión municipal y gestión privada por concesión. Todos me han abierto sus puertas y me han permitido comprender mejor la enorme labor que realizan, siempre por y para las familias.
Y también, por qué no decirlo, las muchas dificultades que deben afrontar para sostener, cuidar y adaptar estos espacios.
Esa experiencia confirma algo importante: estamos hablando de espacios de honra y homenaje, con un profundo valor humano, social, histórico y cultural. Y las familias españolas lo saben y lo reconocen. Así lo muestran también nuestros estudios con Sigma Dos para el Observatorio de los Servicios Funerarios. Por un lado, existe un acuerdo social muy amplio, superior al 87 %, en que los cementerios con valor histórico y artístico merecen protección con recursos públicos, igual que otros elementos del patrimonio cultural. Por otro, persiste una relación muy clara de la sociedad española con la memoria y con las costumbres vinculadas a estos lugares: el 42,8 % visita tumbas o lleva flores y el 66,3 % de quienes acuden al cementerio lo hace en familia.
Todo ello nos dice que, más allá de los cambios en las ciudades, en las formas de gestión o en las maneras de despedir, los cementerios siguen ocupando un lugar relevante en nuestras costumbres, en nuestra memoria colectiva y en la vida emocional de muchas familias.
Y eso permite mirar al futuro con confianza, porque cuando una sociedad sigue reconociendo el valor de estos espacios, también está afirmando la necesidad de cuidarlos, preservarlos y hacerlos evolucionar con sentido.
