
La comunicación que el servicio funerario merece
¿Comunicar bien los servicios funerarios consiste solo en hablar de la muerte, del duelo o de la gestión de la pérdida? ¿O exige, más bien y sobre todo, compartir mejor con la sociedad todo lo que este sector hace, cuida, garantiza y significa cuando una familia, una comunidad, los necesita?
Mª Dolores Asensi
Presidenta del Observatorio de los Servicios Funerarios
La palabra “comunicar” procede del latín communicare, que significa poner en común, compartir, hacer partícipes a otros de una realidad.
Quizá esa sea hoy una de las tareas más importantes para los servicios funerarios: compartir mejor lo que hacemos.
No para perder la discreción que este ámbito exige, sino para que la sociedad pueda comprenderlo.
Porque durante demasiado tiempo buena parte de nuestro trabajo ha permanecido fuera de la mirada pública. Se ve el resultado final, pero no siempre se entiende todo lo que lo sostiene: la disponibilidad permanente, la coordinación de equipos, la preparación de espacios, el cuidado de los tiempos, la trazabilidad, el cumplimiento normativo, la atención a las familias y la presencia profesional en uno de los momentos más significativos de la vida.
Comunicar, en este sentido, no es hablar más.
Es compartir mejor qué hacemos y cómo lo hacemos, qué importa y qué garantías deben sostenerlo.
Compartir todo lo que significa cuidar, honrar y acompañar.
Y esa necesidad se hace especialmente evidente cada vez que una noticia sobre posibles irregularidades en un servicio funerario ocupa un espacio destacado en los medios.
Esta misma semana, según diversas informaciones publicadas en medios, la autoridad sanitaria habría precintado temporalmente un horno crematorio tras una denuncia por supuestas irregularidades relacionadas con restos sin incinerar, y la instalación habría sido reabierta después de su reparación.
No corresponde al Observatorio anticipar conclusiones sobre hechos concretos que deben ser analizados por las autoridades competentes. Cualquier posible irregularidad en un ámbito tan sensible debe investigarse con rigor, aclararse con transparencia y, en su caso, corregirse con todas las garantías.
Pero sí nos corresponde hacer una reflexión más amplia.
Porque cuando una información de este tipo aparece en el espacio público, se activa una inquietud comprensible en la sociedad y una responsabilidad ineludible para el sector: explicar mejor qué hace, cómo lo hace, qué controles deben existir, qué responsabilidades asume y qué significa prestar correctamente un servicio esencial.
Y es que la confianza no se sostiene solo haciendo bien las cosas. También exige que la sociedad pueda comprenderlas.
Lo que no se comparte se interpreta desde fuera
Como ya señalé en otra reflexión de La Voz del Observatorio, cuando el valor de un servicio no se explica con claridad, el debate público se estrecha.
En esa ocasión hablábamos de la necesidad de cambiar la conversación del precio al diálogo del valor, precisamente porque, si el servicio no se hace visible, acaba reducido a una cifra, a una comparación o a una partida aislada.
Y cuando el debate se estrecha, el servicio se reduce. A trámite, a precios, a infraestructura, a una mala noticia, a una sospecha general…
Esa reducción no es inocua.
Porque cuando los servicios funerarios se miran solo desde una parte (el coste, la instalación, la incidencia, el trámite o el titular) se pierde de vista el conjunto: la disponibilidad, el oficio, la coordinación, el cuidado, las garantías y la responsabilidad que sostienen cada despedida.
También lo hemos visto en otras conversaciones recientes del sector: cuando se habla de “exceso” de salas o de hornos, o cuando se intenta presentar la despedida como un producto comparable y subastable, el riesgo no está solo en el dato, sino en la interpretación que se instala alrededor de ese dato.
Por eso, comunicar bien no es una cuestión accesoria, tampoco es solo reputación. Es una forma de proteger la confianza pública en un servicio que, precisamente por su naturaleza, necesita estar sostenido por rigor, sensibilidad y responsabilidad.
Durante años, el sector funerario ha hecho mucho y ha contado poco. Ha acompañado mucho y no ha explicado lo suficiente. Ha sostenido situaciones muy complejas y, sin embargo, ha dejado que buena parte de su valor quedara fuera de la conversación pública.
Ese silencio ha tenido consecuencias.
Cuando el sector no explica lo que hace, otros lo explican por él. Y no siempre lo hacen con conocimiento, ni con justicia, ni con respeto por la complejidad de lo que está en juego.
A veces se habla de precios sin explicar el servicio. De instalaciones sin explicar la disponibilidad. De salas sin explicar la cercanía. De crematorios sin explicar los tiempos, el territorio y la capacidad de respuesta. De trámites sin explicar el acompañamiento. De opciones sin explicar el sentido.
Y así, poco a poco, una función esencial puede acabar presentada como una sucesión de partidas, como un catálogo de prestaciones o como un producto comparable.
Pero no lo es.
No confundamos el contexto con el centro
En los últimos años también se ha abierto una conversación cada vez más visible en torno a la muerte, el duelo, la memoria, el tabú o la gestión emocional de la pérdida.
Esa conversación puede ser necesaria. Y, sin duda, debe abordarse con rigor, sensibilidad y conocimiento.
Pero conviene hacer una distinción importante: la muerte y el duelo son el contexto en el que trabajamos. No son, por sí solos, el centro de nuestra responsabilidad profesional.
Hay especialistas especialmente preparados para profundizar en esas cuestiones: psicólogos, psiquiatras, terapeutas, antropólogos, sociólogos, filósofos, teólogos y otros profesionales que estudian y acompañan la experiencia humana de la pérdida desde perspectivas necesarias y complementarias.
Su labor es valiosa.
La nuestra también, pero es distinta.
Cuando la comunicación de los servicios funerarios se desplaza casi por completo hacia la emoción, el duelo o la reflexión abstracta sobre la muerte, se corre el riesgo de dejar en segundo plano aquello que solo este sector puede explicar de verdad: qué hace, cómo lo hace, qué garantías ofrece, qué procesos sostiene, qué responsabilidades asume y qué significa cuidar correctamente a una persona fallecida y acompañar a su familia.
Nuestro trabajo no consiste en sustituir a esos profesionales ni en ocupar todos los debates.
Nuestro lugar está en cuidar, honrar, organizar, garantizar y acompañar.
Ese es nuestro oficio. Esa es nuestra aportación. Esa es nuestra responsabilidad social.
Nos corresponde cuidar a quien ha fallecido.
Acompañar a quienes quedan.
Preparar espacios dignos.
Ordenar tiempos difíciles.
Explicar opciones.
Garantizar procesos.
Sostener lo práctico, para que las familias puedan atender lo humano.
Nos corresponde hacer posible una despedida a la altura de una vida.
Y eso, durante demasiado tiempo, no lo hemos compartido suficientemente con la sociedad.
Hemos hablado de la muerte, pero no siempre hemos explicado todo lo que exige cuidar a quien ha fallecido.
Hemos hablado del duelo, pero no siempre hemos contado qué significa acompañar a una familia en las primeras horas.
Hemos hablado del tabú, pero no siempre hemos mostrado la complejidad, la responsabilidad y la delicadeza de un servicio bien prestado.
Hemos hablado de reputación, pero no siempre hemos puesto en común el valor real de nuestro oficio.
Hablar de la muerte puede ayudar a una sociedad a mirarla con menos miedo. Pero explicar bien los servicios funerarios ayuda a esa misma sociedad a comprender, valorar y exigir mejor un servicio, el nuestro.
Y esa es una tarea que no podemos delegar.
Nuestro lugar: cuidar, honrar y acompañar
Quizá una de las mayores contribuciones que puede hacer este sector a una familia no sea pronunciar grandes discursos sobre la pérdida, sino permitir que la honra se viva con serenidad, respeto y sentido.
Que el último recuerdo esté cuidado.
Que le escuchamos para que el homenaje sea el deseado.
Que la familia sienta que alguien ha estado pendiente de aquello que, en ese momento, ella no podía sostener sola.
Ahí se construye la verdadera reputación del sector.
No en una declaración, no en una campaña, no en una promesa.
En cada servicio.
En cada detalle.
En cada familia atendida.
En cada honra y homenaje.
Los servicios funerarios no son una terapia ni una reflexión filosófica ni una conversación abstracta sobre la muerte: son un servicio social y esencial de cuidado, honra, organización, garantía y acompañamiento.
Y si comunicamos como si fuéramos otra cosa, la sociedad nunca entenderá del todo lo que somos.
Hacer comprensible el cuidado
Comunicar mejor los servicios funerarios no significa hablar más de la muerte.
Significa hablar mejor de la vida social que estos servicios sostienen cuando una familia atraviesa una pérdida. Significa explicar qué supone estar disponible todos los días del año. Qué implica mantener espacios preparados, aunque no siempre estén ocupados. Qué exige contar con profesionales formados para responder en situaciones de enorme sensibilidad. Qué valor tiene que una familia encuentre cerca de su casa un lugar digno para despedirse. Qué importancia tiene que alguien sepa ordenar lo urgente sin invadir lo íntimo.
Significa explicar que cuidar no es una palabra abstracta.
Cuidar es anticipar. Es preguntar lo necesario sin incomodar. Es preparar un espacio. Es proteger un tiempo. Es orientar sin presionar.
Cuidar es respetar creencias, costumbres, silencios y decisiones. Es cumplir con rigor. Es garantizar trazabilidad.
Cuidar es estar presente sin ocupar el lugar de la familia.
Y acompañar tampoco es una fórmula retórica.
Acompañar es ayudar a transitar un momento que nadie vive del mismo modo. Aportar serenidad cuando todo parece desordenado. Convertir una secuencia de gestiones en un homenaje. Sostener lo práctico para que la familia pueda atender lo humano.
Eso es lo que muchas veces no se ve. Y eso es, precisamente, lo que la comunicación debe ayudar a comprender.
Comunicar los servicios funerarios no es añadir ruido a un momento delicado, sino encontrar la manera justa de hacer visible, con transparencia y respeto, todo aquello que sostiene un homenaje digno.
Sobre ello seguiremos reflexionando la próxima semana, y sobre cómo esa comunicación puede y debe traducirse en transparencia, exigencia y una forma de cuidar también desde la palabra y la imagen.
