Sobre tres mensajes y los riesgos que conllevan

Mª Dolores Asensi
Presidenta del Observatorio de los Servicios Funerarios

En los últimos meses se están difundiendo, con creciente insistencia, tres mensajes sobre nuestro sector. Y esos tres mensajes activan riesgos muy concretos:

  • Mensaje 1: “Hay exceso de salas”.
  • Mensaje 2: “Hay exceso de hornos crematorios”.
  • Mensaje 3: “Esto es un producto”.

Lo que está en juego no es el dato: es la interpretación del dato. Y conviene decirlo sin rodeos: si dejamos los números solos, sin contexto, el subtexto que puede leer la Administración o la opinión pública es inmediato.
Desde la presidencia del Observatorio comparto esta reflexión. No para discutir cifras, sino para evitar que se repita la misma injusticia: que una lectura superficial de “oferta vs. demanda” acabe dictando el relato y que el discurso del “desde…”, la comparación y el “precio al instante” termine rebajando el homenaje a nuestros seres queridos a un producto.
Y es que lo que defendemos (y prestamos) es un servicio esencial de honra y homenaje a quienes se van, y de acompañamiento a las familias en uno de los momentos más significativos de sus vidas.

El riesgo de que se instale el relato del “exceso”: salas y hornos crematorios

Se ha repetido con ligereza (y no sin falta de decoro) que “no hay muertos para tanto tanatorio”.
Pero no hablamos de “exceso”. Hablamos de más de 433.000 defunciones al año y, por tanto, de 433.000 familias y allegados que necesitaron un lugar cercano donde despedir y rendir homenaje.
Aquí es donde aparece el cálculo que se está usando, y que conviene entender tal y como se está lanzando: se dice que en España hay más de 7.000 salas para velar a “menos de 1.200 fallecimientos como promedio cada día”. Y, desde ahí, se concluye que la infraestructura “multiplica” la demanda por casi seis.
Aquí es donde hay que decir las cosas con rotundidad porque, si no, el cálculo engaña. El fallecimiento no es lineal ni constante. Los servicios se concentran, se solapan, se viven en paralelo. Y cada familia necesita una sala uno o dos días, no una fracción estadística de promedio. Además, existen picos, coincidencias, estacionalidad y realidades territoriales que no caben en una media.
Por eso, cuando se reduce todo a “7.000 salas para 1.188 fallecimientos diarios”, se está midiendo erróneamente lo esencial. Esa red no existe por exceso: existe por disponibilidad, equidad y cercanía. No para “llenarse”, sino para estar cuando toca.
Con los hornos crematorios se repite el patrón, casi palabra por palabra. Se lanza la idea de que “la capacidad supera con creces la demanda diaria”, y se remata con el contraste lineal: España cuenta con 537 hornos con una capacidad de 2.124 incineraciones día para una demanda de 599 incineraciones diarias, una capacidad que superaría casi por 4 a la demanda.
Ese formato, otra vez, empuja al mismo subtexto:

  • Ante la Administración: “No autoricemos más, ya hay de sobra”.
  • Ante la opinión pública: “La capacidad está sobredimensionada”.
  • Ante el propio sector: “Parece que sobramos”.

Pero lo que hay que decir con claridad es lo mismo que con las salas: en un servicio esencial, la disponibilidad no se mide por ocupación media, sino por capacidad de respuesta. Porque los servicios se solapan, porque hay concentración temporal, porque existen plazos culturales y operativos, y porque el coste de “optimizar” en exceso lo pagan las familias, en forma de espera y de kilómetros.
Y hay algo más que suele desaparecer cuando se compara con otros países: plazos, distancias y territorio. Hay países que operan con plazos mucho más amplios para la inhumación o la cremación lo que permite redistribuir la presión del servicio en el calendario. Es el caso de Francia, con hasta 14 días.
Pero un país que opera con plazos cultural y operativamente más comprimidos, como es el caso de los 2 días en España, requiere necesariamente más disponibilidad cercana para no trasladar el coste a las familias.
Nadie sensato se queja porque un hospital tenga camas de UCI disponibles cuando no se usan. Nadie pide cerrarlas porque hoy no estén ocupadas. Están preparadas para cuando se necesitan.
Y lo mismo ocurre con las salas y con los hornos crematorios: no están vacíos, están disponibles.

El riesgo de convertir la despedida en un producto comparable y subastable

Al mismo tiempo, se abre paso (con mensajes muy bien construidos y promesas de “claridad”, “precio cerrado”, “sin costes ocultos”, “te lo gestionamos todo”, “compara precios al instante”) un relato que empuja a pensar que la despedida es un producto: comparable, negociable y, en el límite, subastable.
Y aquí, desde el Observatorio, creemos que debemos trabajar con contundencia. Porque lo que está en juego es el sentido mismo del servicio funerario.
Defendemos:

  • un servicio, no un producto;
  • un precio justo, no una subasta;
  • un acompañamiento con sentido, no un proceso optimizado;
  • y, sobre todo, una despedida digna, no una gestión de residuos.

Transparencia, por supuesto. Claridad, imprescindible. Accesibilidad, necesaria. Simplificación de trámites, una obligación moral.
Pero una cosa es transparencia y otra convertir el final de la vida en un marketplace. La transparencia no puede ser la coartada para vaciar de significado la despedida.
Un servicio funerario no es una mercancía intercambiable. No es un “desde…”. No es un porcentaje de descuento. No es un paquete. Y no puede reducirse a una logística fría donde lo importante sea resolver rápido y barato.
Por el contrario, el servicio funerario es un servicio esencial que, por definición, es un acto de cuidado, honra, homenaje y acompañamiento: cuidado y homenaje de quien se va, y acompañamiento de quienes se quedan.
Es presencia. Es escucha. Es cercanía. Es dignidad.

Escuchemos a las familias: lo que piden no es “eficiencia media”, es cercanía, personalización y sentido

Aquí está la clave: la sociedad pide cercanía. Y lo vemos reflejado en el Estudio de Sigma Dos para el Observatorio de los Servicios Funerarios: las familias nos consideran un servicio esencial y esperan una despedida con cercanía y personalización, sin añadir distancia, espera ni deshumanización.
Y eso no se consigue con promedios. Se consigue con red, con capacidad disponible y con profesionales preparados para estar cuando toca.
Porque la pregunta no puede ser “¿cuánto cuesta lo mínimo?”. La pregunta debe ser: ¿qué necesitan las familias en ese momento?
No es ideología. Es responsabilidad social.

Conclusión: disponibilidad y sentido. Red y dignidad

Una sala libre no es exceso: es un espacio preparado para cuando una familia lo necesite. Un horno disponible no es “capacidad sobrante”: es la garantía de que una despedida no se retrasa ni se convierte en kilómetros.
España no debería pedir perdón por tener red. Debería decir con orgullo: esta capilaridad es el resultado de inversión, compromiso e iniciativa privada sostenida durante todo el año, también allí donde otros no están.
Y, por eso, cuando se pretenda instalar el subtexto del “exceso” o empujar a la sociedad hacia la idea de “marketplace”, nuestra respuesta debe ser serena, firme e irrefutable:

El servicio funerario es un servicio esencial. La capacidad no se mide por ocupación media, se mide por la capacidad de estar cuando se necesita, también en lo rural, donde otros se han ido.
Un servicio no es un producto, un precio justo no es una subasta.
El homenaje con cercanía y personalización que nos piden las familias no es una logística optimizada.
Es cuidado. Es presencia. Es humanidad.